13 mayo 2016

actuar con sensatez...

La sensatez, en la política, es comportarse como un padre de familia numerosa, con pocos recursos y muchos que atender…

Como un diligente cabeza de familia

En los últimos años son miles las familias españolas que han tenido que reducir su nivel de gastos y, por tanto, su nivel de vida alcanzado en los años de bonanza. Esta situación afecta no sólo a familias donde algún miembro ha perdido su empleo, sino incluso aquellas cuyos integrantes han conseguido mantener su puesto de trabajo. La menor capacidad adquisitiva de las familias se debe a un doble efecto: menores ingresos brutos, el sueldo es menor, y a una considerable alza de los impuestos, tanto directos como indirectos, pese a los últimos descensos.
Ante una situación así, un diligente cabeza de familia realiza un examen de todos los gastos de su unidad familiar, prioriza aquellos gastos ineludibles, suprime los superfluos y recorta en todo aquello que no sea estrictamente necesario. Acto seguido, reúne a todos los miembros de la familia con uso de razón y les expone la necesidad de realizar ajustes en el nivel de vida mantenido hasta la fecha. El nivel de ingresos existente en los años de bonanza tardará en volver. Además, las repetidas subidas de impuestos impiden mantener el nivel de gastos anterior. El ajuste de gasto familiar ha sido inevitable y ha requerido de la colaboración de todos los integrantes de la familia.
Si algún cabeza de familia, pese a ser consciente de no poder mantener el ritmo de vida anterior, no se atreve a transmitir a sus familiares la realidad de la situación, y no reduce su nivel de gastos, la cruda realidad acabará por imponerse. Más pronto que tarde le será imposible gastar más de lo que ingresa.
La situación en las administraciones públicas es análoga a la de las familias. Los gastos siguen superando holgadamente a los ingresos. El déficit público alcanza el 5% del PIB, pero medido en términos de ingresos, supera el 10%. Los ingresos públicos procedentes del boom inmobiliario y económico no volverán. La consideración de los ingresos públicos provenientes del boom inmobiliario como ingresos "permanentes", llevó a aumentar el nivel de gastos estructurales de las AAPP. Desaparecidos dichos ingresos, los gastos no se han ajustado en la misma medida.
La actual política del Banco Central Europeo con tipos negativos y compra ingente de bonos soberanos oculta temporalmente el problema, pero no lo soluciona. Lo mismo que un diligente cabeza de familia mentaliza a todos los miembros de la unidad familiar sobre la gravedad de la situación y la necesidad de adecuar los gastos a la nueva coyuntura, sería deseable una pedagogía económica por parte de los responsables políticos exponiendo la realidad de la situación, sin tapujos.
Lamentablemente, los mensajes recibidos desde todos los responsables políticos parecen evitar transmitir al conjunto de la sociedad española la inviabilidad de mantener el nivel de gasto público existente. No obstante, la cruda realidad acabará imponiéndose.
Ahorrar supone renunciar a consumo actual por consumo futuro. Endeudarse para pagar gastos corrientes y no inversión, como hacen las administraciones públicas año tras año, supone justo lo contrario: anticipar consumos futuros a hoy. Ningún diligente padre de familia se endeuda para pagar gastos corrientes dejando una envenenada herencia a sus hijos.
Yo que tengo nueve hijos sé de lo que me hablo: actuar como un padre de familia muy numerosa que tiene que andar mirando siempre la pela… Abrazos,
PD1: Y lo que me desespera es que la corrupción campa a sus anchas por varios factores que este hombre explica muy bien, y que no se atajan…:
Una de las principales preocupaciones de los españoles es la corrupción. Si nos atenemos a lo que nos dice el barómetro del CIS, que clasifica por orden de importancia las amarguras nacionales, la corrupción es la tercera, solo superada por el desempleo y las dificultades económicas. Si fuésemos algo más críticos y menos complacientes con el que manda veríamos que nuestros tres principales problemas tienen mucho que ver con el Estado. 
No nos planteamos, por ejemplo, qué pasaría si desde el poder se dejase de intervenir sistemáticamente en la economía o cuál sería nuestro sino laboral si los políticos cesasen de hostigar el mercado de trabajo con leyes y regulaciones múltiples. Pero no, pedimos lo contrario, no contentos con la dosis de estatina que ya nos administran y que nos ha postrado en la ruina económica y moral suplicamos una dosis extra. En los países con pleno empleo y economías boyantes nadie se queja porque no tienen motivo para ello, lo que no alcanzamos a ver es que no tienen motivo para ello porque en esos países el Gobierno enreda muy poquito en las cosas de la economía.
Los casos de corrupción se dividen en tres categorías: los urbanísticos, los relacionados con los contratos públicos y los trinques a costa de las subvenciones
¿Y qué decir de la corrupción? La corrupción no se alienta desde los poderes públicos, al menos directamente. Ningún aspirante anuncia en un mitin que él y los suyos se lo van a llevar crudo en cuanto se instalen. Sería un escándalo y, además, quedaría feo. Nadie lo dice por adelantado pero muchos lo hacen. El sistema está perfectamente diseñado para que la discrecionalidad del político sea tal que corromperse más que una consecuencia indeseada es un corolario lógico. Si echamos una mirada por encima de los principales casos de corrupción que se encuentran ahora mismo en los tribunales todos están cortados por el mismo patrón. A grandes rasgos se dividen en tres categorías: los urbanísticos, los relacionados con los contratos públicos y los trinques varios a costa de las subvenciones.
La corrupción de índole urbanística es la madre de todas ellas. ¿Es una casualidad que el suelo sea un monopolio estatal? Hágase esta pregunta. Los dueños del cotarro saben de su poder y lo ponen a jugar a su favor. Es algo de cajón que no acierto a explicarme como no lo hemos entendido aún. Si a un político -o a un grupo de políticos, porque generalmente actúan en manada, como los lobos- le damos la prerrogativa de recalificar un terreno y, por lo tanto, de alterar su valor de mercado, ¿qué hará? Respóndase usted mismo y luego compruebe en Google como los términos "recalificación" y "corrupción" van casi siempre de la mano. Que unos cuantos alcaldes y concejales se hagan ricos recalificando no tendría mayor importancia sino fuese porque la consecuencia primera es que al común eso le supone un coste directo ya que el suelo, al incorporar la mordida, es más caro y las viviendas y oficinas que sobre él se levanten también lo serán.
La conclusión general que podemos sacar es que el político siempre se corrompe en la medida de sus posibilidades. En escalones superiores al municipal el suelo no entra en los cálculos, pero no por falta de ganas, sino por falta de competencias. Allá arriba, en cambio, tienen el caramelo de las adjudicaciones millonarias y las jugosas comisiones que se extraen de ellas. El caso Pujol, el Púnica o el Gürtel, por ejemplo va de eso mismo, de valerse de esas preciadísimas líneas en el boletín oficial para regalárselas a un colega previo pago de su importe. Ese importe no lo pone el político, ni el feliz adjudicatario, ese importe lo ponemos todos a escote vía impuestos. Quizá si eliminásemos el 90% de líneas de boletín oficial que puede rellenar un político eliminaríamos el 90% de la corrupción. Es solo una hipótesis pero no estaría mal probarla. No solo no nos va a costar nada, sino que podría darse el caso de que, de hacerlo, nos dejase dinero en el bolsillo.
En un esquema así de enfermo lo normal es que la corrupción se enseñoree de todo
El fraude con los subsidios es tan sistemático y común que el personal descuenta que ahí siempre hay tomate. Forma parte del saber popular. Donde hay un político haciendo regalitos hay contraprestaciones que a veces son en forma de obediencia ciega y otras en metálico. Ellos parten y ellos reparten, ya dice el refrán que es lo suyo que se queden con la mejor parte. El subsidio en sí es, aparte de algo antieconómico que mantiene en el atraso a regiones enteras, una aberración moral porque se quita por la fuerza al que produce para entregar a que no produce nada. En un esquema así de enfermo lo normal es que la corrupción se enseñoree de todo.
Concluyendo, amamos la causa pero aborrecemos su inevitable consecuencia. Nos pasa con esto como con la inflación. Nos encantan los primeros tres días cuando el dinero fluye a raudales, pero nos hacemos cruces durante los siguientes tres años por la carestía y el desabastecimiento. Es, en cierto modo, un comportamiento infantil impropio, por lo demás, de un país cuya edad media ronda los 48 años. Compramos la ilusión del cachorrito por Navidad, pero luego no queremos saber nada de lo que ese cachorrito tan entrañable trae consigo. Y si el cachorrito tiene un coste lo público también lo tiene, mayor incluso. Quizá haya llegado el momento de que nos digamos la verdad a la cara.
PD2: Es una cuestión de tener o no tener valores:
  Aprende a evaluar correctamente la realidad, porque lo que te gusta no siempre coincide con lo que te conviene. Muy claro en la comida y la bebida, pero también en nuestra manera de vivir en sociedad.
  Conoce tus motivaciones: ¿por qué hago esto? No te dejes enredar, no racionalices tus decisiones, diciendo que lo haces por los demás, por servicio… Anda, di la verdad; si no, es como hacer trampas en el solitario.
  Ten en cuenta las consecuencias de tus acciones sobre ti mismo. Todas. Una mentira te ahorra un mal trago (consecuencia positiva), pero te hace mentiroso y facilita que digas más mentiras en adelante (consecuencia negativa).
  Y las consecuencias para los demás. Mentir al cliente te permite una venta cómoda, pero, ¿te gustaría ser tú el cliente engañado?
  Esfuérzate por descubrir las necesidades de los demás y tenerlas en cuenta. "Yo ya sé lo que les conviene". A ver: ¿estás seguro?
  Sal de la dualidad "bueno o malo" y piensa "lo mejor".
  Elimina las actuaciones tuyas que muevan a otro a actuar egoístamente, y habrás mejorado tu entorno moral.
  Ayuda a los otros a conocer los motivos de sus actuaciones, como hiciste con las tuyas. Para que ellos mejoren, claro, pero también para que mejores tú.
  Ayuda a los demás a conocer los efectos de sus acciones sobre ellos mismos y sobre los demás, por las mismas razones por las que lo pensaste para ti mismo.
  Fíate de los demás. Dales confianza, y que lo sepan. Si te preguntan ¿qué hago?, contéstales: tú mismo, piensa lo que debes hacer.
  Y deja que se equivoquen. Házselo notar, pero no les quitas responsabilidad: si no, nunca mejorarán como personas -y tú nunca mejorarás como líder.
  Sé ejemplar. Los valores no son abstractos: se aprenden en las conductas de las personas. Y esta vez te toca a ti ser el modelo.
  No confíes en tu instinto ético: estudia, pregunta, pide consejo…
  Entrénate para hacer el bien. ¿Cómo? Haciendo siempre lo que debes hacer, pero bien hecho.
  Proponte actuar por motivaciones superiores, no solo por el premio o el castigo.
  Vence la tentación de hacer lo que te gusta.
  Si te equivocas, reconócelo, pide perdón y vuelve a empezar. No perderás la apreciación de los demás.
  Complícate la vida. Vivir de acuerdo con los valores no es garantía de vida cómoda.
Con que hiciéramos bien unas cuantas, qué mejor nos iría…